Una tabla de quesos puede servir como aperitivo o como postre. Si te gustan los quesos, sabrás que un tabla bien pensada invita a explorar sabores, texturas y maridajes. Con unos pocos trucos y una selección cuidada, podrás convertir cualquier encuentro en una velada gourmet.
Elige una tabla adecuada para la ocasión que te permita lucir adecuadamente los quesos. Con la tabla deberás servir la cubertería apropiada.
Deja espacio entre los quesos para evitar que los aromas se mezclen. Cada pieza tiene su bouquet y es interesante que lo puedas apreciar. Además, ten en cuenta que hay que tener sitio para los aderezos como mermeladas artesanas, miel, frutos secos, picos y regañás.
A la hora de ordenar los quesos en la tabla, busca cierto equilibrio cromático jugando con los colores de los acompañamientos.
Lo ideal es colocar los quesos primero y despúes distribuir los acompañamientos en los huecos.
En este viaje sensorial por un mundo de quesos nacionales vamos a apostar por sabores in crescendo. Esto es, comenzaremos por un queso más suave hasta finalizar con un queso de alta intensidad. Para una degustación plena, sigue el orden que te sugerimos.
El queso Valdecabras es fresco y cremoso, se elabora con leche de cabra y tiene un sabor láctico suave. Funciona muy bien para comenzar una tabla de quesos. Por su textura extratierna, mejor tomarlo sobre una fina lámina de pan.
Su textura suave y mantecosa, con un sabor láctico ligero y equilibrado, lo muestran ideal para los primeros pasos de una tabla de quesos.
Elaborado en la Comunidad de Madrid a partir de leche de oveja, este queso es de textura firme y con recuerdo a frutos secos. Respecto a su intensidad aromática y sápida esta es media.
La intensidad de este queso como consecuecia de su curación larga, adquiere finura gracias a los aromas de la trufa negra. En conjunción, resulta un bocado de claro carácter gastronómico.
Este queso únicamente se elabora con leche de oveja cruda procedente de ovejas de razas autóctonas del País Vasco y Navarra. Es un queso de pastor, pleno de matices que recuerdan a leña y a frutos secos. En su versión ahumada se muestra delicioso, quedando muy bien con el membrillo.
Es intenso sin saturar. Se muestra con vetas azuladas, aromas ligeramente marinos con recuerdos a cueva y a bosque. Refleja muy bien la escarpada costa asturiana.
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